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Cuentos de andar por ahí

Sueña que eso rejuvenece... 

octubre 01, 2004

12:00 p. m. - Isla Gorgona

A finales de Septiembre de 2004 acompañada de tres amigos entrañables (Lucila, Luis y Canelo) hice un viaje casi mágico a la Isla Gorgona, en el pacifico colombiano. Esta crónica tiene como base un email que escribí el día al día siguiente de nuestro regreso a Bogotá, como reporte de un viaje para mis hermanitas en la distancia.

Una crónica de un viaje al Parque Nacional Natural Gorgona no lo es si uno no se detiene en las peripecias de la travesía hasta esa pequeña isla en el pacífico colombiano. Es más: el trayecto, para quienes se animan a hacerlo “por entre las tiendas”, es casi tan inolvidable como la isla misma. Una noche bogotana cogimos carretera con destino Buenaventura, a donde llegamos al día siguiente (tras un merecido desayuno en Buga) a las 11:00 a.m. Nos había sido imposible reservar cupo por teléfono en algún barco (turístico o de cabotaje) que nos transportara a Gorgona, así que eso era lo primero a solucionar. No fue sino que bajáramos del taxi que nos transportó de la Terminal hasta el puerto para ser abordados por un avispero de pelados que nos vieron la cara de turistas y ofrecían cargar nuestras maletas y llevarnos para todos lados. Logramos –solos- ubicar el muelle que nos correspondía en el puerto y asegurar tres camarotes en el Columbia, barco de cabotaje que salía a las 5:00 p.m. con destino al municipio de Olaya Herrera, más conocida como “Satinga”. A eso de las 12:00 del día y con 80 mil pesos menos cada uno, encargamos nuestros morrales a la buena voluntad del encargado de la oficina de la compañía y nos fuimos a conocer algo de Buenaventura, tras la pista del único restaurante que se nos recomendó altamente en el centro de la ciudad: Rico Marisco.

Los que conocen Buenaventura sabrán que es un lugar muy raro, y muy triste. No sé si feo sea la palabra y creo que no hay un solo adjetivo donde quepan el desorden, la pobreza, el despelote, el calor, el ruido, el olor, la belleza de la gente, los colores, el ambiente y el aire que conviven en Buenaventura. El centro es una mezcla de sanadresito callejero, típico pueblo colombiano, casas raras con un primer piso de concreto y materiales “duros” y segundos y terceros pisos decrépitos y orgánicos de madera, que parecen a punto de salir volando. Sobresale un único edificio de unos quince pisos, y un malecón donde pelean los equipos de sonido de los distintos chuzos a ver cual se escucha más. La catedral (fea) esta empotrada en un terraplén de tierra y pasto mal cuadrado en la mitad de lo que se conoce como la plaza. Los taxis se pagan por puestos, 700 por cabeza para donde sea que vayas. Los pasajeros que esperan en la calle se comunican con el conductor mediante señas con los dedos que indican el número de puestos que necesitan y a su vez cuantos están disponibles. Nos recogió en el muelle un taxista paisa que nos echó chismes, nos contó su vida y nos dejó ubicados en el centro de “la ciudad”, recomendado a su vez a Rico Marisco como EL lugar para almorzar. Conseguimos unas buenas bolas plásticas que necesitábamos para envolver las maletas (nos habrían advertido que viajarían en cualquier lugar del barco, y seguramente se mojarían) hicimos las llamadas de rigor las compras de último minuto en la droguería y nos fuimos para Rico Marisco.

Caro. Caro, Rico Marisco. Y no tan rico. Mi arroz marinero no estuvo tan mal, así como tampoco la cazuela de mariscos, pero el mero al ajillo si fue un desastre. Nos tomamos si saberlo el último jugo FRIO FRIO y que no fuera de maracayá o tomate de árbol que habríamos de probar en 15 días y nos pusimos a caminar, a comer helado, a matar tiempo mientras eran las 4 y volvíamos al muelle para embarcar. Llegamos antes de la hora, y pudimos ver la cargada del barco, la cual seguramente había empezado muuuuchas horas antes. Estos barcos llevan carga (de todo, por que a Satinga solo se llega por mar, como a todas las poblaciones del pacifico excepto Tumaco y Buenaventura) y personas; son como los buses intermunicipales. A esa hora abordaban el barco señoras, señores, bebes, familias, cebollas, madera, huevos, gaseosa, panela… lo que se les ocurra. La bodega (y los pasillos) parecían no tener fin. Nuestras maletas debían quedar en un lugar asequible de la bodega (mejor dicho acomodarlas cuando ésta ya estuviera casi llena) pues nosotros nos bajaríamos a la mitad del camino, así que nos embarcamos cuando la mayoría de los pasajeros ya estaban arriba. Chinchorros, sillas plásticas cualquier cosa era lugar para acomodarse. Ubicamos nuestros tres camarotes en un cuarto de seis en total; pequeñas literas empotradas en cuartos de cinco por cinco metros (en el mejor de los casos), sin aire los del segundo piso: justo donde estaba el nuestro. En fin. A Lucho lo venció el sueño y pronto fue a sudarse en el cuarto que compartimos con una familia y otra señora. Lucy y yo alcanzamos a ver la salida del puerto y al atardecer (zarpamos a la 6) antes de que el mareol medio hiciera efecto. Nos alejamos de un puerto de palafitos, casi de mentiras, de casas de madera cafés, lleno de desorden y de basura, para pasar frente al puerto de carga, con esos barcos inmensos, aterradores, con banderas de todos los rincones del mundo; China, EU, Noruega… Yo no pude evitar pensar en la paradoja absurda de una ciudad que se ahoga en su pobreza siendo nuestro principal puerto sobre el pacifico.

No dormí las 8 horas que duro el viaje en barco a la isla, pero al regreso comprendí que el viaje, cuando uno tiene la posibilidad de hacerlo acostado es mucho mejor. A las 2 a.m. un señor nos despertó y nos dijo que nos preparáramos pues a pocas millas nos esperaba la lancha del parque para recogernos. Los barcos que llevan gente a Gorgona se desvían de su ruta para dejarlo a uno allí. Ya que la isla carece de muelle, una lancha debe salir a “encontrarse” con el barco y a su vez dejarlo a uno en Gorgona. Hicimos transferencia ¡en movimiento! A un minúsculo zodiac (lancha inflable motorizada) que nos dejo en la isla. Nos esperaban algunos guardaparques quienes nos hicieron la “aduana ecológica” (al parque no se puede ingresar aerosoles, ni enlatados entre otros) y nos llevaron a nuestras camitas. Al día siguiente nos despertamos al sonido de un proverbial aguacero tropical.

El parque tiene capacidad para alojar a 80 visitantes en cuartos cómodos de cuatro personas (la mayoría). Es un lugar muy tranquilo de arquitectura sencilla, que mira al mar. Hay un restaurante donde se sirven las tres comidas en horarios estrictos. Comida casera, pescado fresco y alguna alternativa –pollo carne- para los que no son aficionados a los mariscos. Todo en general, fresco, pues la remesa viene de Guapi mínimo dos veces por semana ya que la planta que genera la energía para la isla no es suficiente para mantener neveras. Lo anterior significa que la logística que requiere alimentar a 100 personas (mas o menos) todos los días, en una isla con esas características, es admirable. A cada grupo le asignan un guía cuando llega; por razones de “seguridad” (pero no democrática menos mal!) no puedes hacer ningún recorrido ni movilizarte más allá de la playa de enfrente sin guía y sin botas pantaneras: por tu seguridad (ojo con las picaduras de serpiente) y por la de los animales y la conservación de la isla.

Así que en este paraíso donde llueve mucho (la isla tiene su nubecita propia), pero también hace sol, hay cocos en cada esquina, animales por todos lados, y mucha paz, pasamos nueve días. Caminamos todos los senderos de la isla, conocimos Bahía Cocal, buceamos, nadamos, careteamos hicimos locha y nuevos amigos, leímos hablamos. Recargamos las pilas. Aprendimos mucho de biología, de mar, de planticas, de cangrejos ermitaños… Visitamos las ruinas del viejo penal, y claro vimos las ballenas jorobadas! De cerca, una tarde saliendo de bucear, una mamá con su ballenato. De lejos muchas veces, desde la playa o desde el comedor (que es un espacio abierto) y donde cada almuerzo o desayuno generalmente alguien gritaba “ballenas” y saltaba todo el mundo a mirar al horizonte. Y cuando nadábamos o careteabamos, las oíamos cantar.

Así las cosas, el sábado empezamos a hacer gestiones para regresar. Nunca se sabe a que horas ni en que barco sale uno, pues depende de que la estación de policía se ponga en contacto con los barcos que pasan. Si un día antes logran comunicarse con los que van para Satinga y reservar cupos, de venida ese mismo barco, al día siguiente, lo recoge a uno. Si no, hay que estar listos y con maletas empacadas desde la tardecita y esperar a que por radio se comuniquen con las barcos que van hacia Buenaventura y alguno acepte desviarse y recogerlo a uno. De buenas, el domingo a las 7 p.m. nos embarcamos en el mismo Columbia que nos había dejado ahí hace una semana: sólo que esta vez ya no teníamos camarote, sino que nosotros y nuestros morralitos nos fuimos sentados encima de costales de coco y mango en cubierta (esta vez por $45 mil pesos cada uno). Hasta que arreció una tormenta infernal que nos mando a buscar esquinita bajo techo; lo malo fue que el único lugar cubierto era contiguo a la sala de maquinas y por lo tanto hirviendo con un ruidajo infernal. Para ese entonces a mi ya me estaba comenzando un mal de oído y el viaje de regreso fue muy pesado por esa razón. Aún así la primera parte del viaje fue muy interesante, pues nos fuimos charlando con dos hombres de Buenaventura que venían de Satinga a pasar unos días de vacaciones con sus familias. Estos dos simpáticos personajes se empleaban por esos días en lo que ocupa hoy a muchos de los habitantes de Nariño: eran raspachines en las plantaciones de coca. Conversar con ellos fue conocer otra cara de este país, aprender aún más cosas. Uno de ellos estaba muy interesado en saber si era cierto que en Bogotá hacía tanto frío como decían, y en cómo podía ser esa ciudad. Su referencia principal era la contundente definición que le había dado su primo que la había visitado: “hermano, en Bogotá TODO lo que usted toca está frío; siempre” Nos preguntó si esto era cierto, y tuvimos que estar de acuerdo. A la mañana siguiente cuando nos bajamos del bus en la Terminal de transportes de la gélida Bogotá lo comprobamos: todo lo que tocaban nuestras manos estaba helado.

Cuando empezó a clarear y se vieron las primeras luces de Buenaventura a lo lejos, todos los pasajeros del Columbia empezaron un lento desfile con cepillo de dientes en mano hacia unos inmensos tarros de agua ubicados en las esquinas del barco. Ante tanta higiene (señores los dientes inmaculadamente blancos no son gratuitos) nos toco a nosotros imitarlos.

Zarandeados y cansados llegamos a Armenia, nuestra última parada, a las 10 a.m. del lunes. Allí nos esperaban Jairo, las tías de Lucho y las mejores brevas con panela del mundo. En la noche, nos comimos unas arepas rellenas, preparadas a la brasa (que es la mejor manera, como diría mi papa), deliciosas y nos tomamos un algo antes de que fueran las 11 y nos montáramos en el bus rumbo a Bogotá. Aquí llegamos a las 6 a.m. del martes y a las 11 a.m. me esperaba a mí el otorrinolaringólogo. Diagnostico: otitis externa y media. Gotas y pepas, y paciencia.

Le recomiendo Gorgona al que camina, al que le gusta la naturaleza, al que no le gusta el afán, que lo frieguen ni el turismo convencional. Si en algunos años todavía existe, espero poder embadurnar a mis blancas sobrinas de bloqueador y empaquetarlas en un barco de cabotaje por el pacífico para que oigan las ballenas, conozcan a los micos cariblancos y algo de esta esquinita de su país.

Fotos: Lucila ;-)

caracolitos


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