<body><script type="text/javascript"> function setAttributeOnload(object, attribute, val) { if(window.addEventListener) { window.addEventListener('load', function(){ object[attribute] = val; }, false); } else { window.attachEvent('onload', function(){ object[attribute] = val; }); } } </script> <div id="navbar-iframe-container"></div> <script type="text/javascript" src="https://apis.google.com/js/platform.js"></script> <script type="text/javascript"> gapi.load("gapi.iframes:gapi.iframes.style.bubble", function() { if (gapi.iframes && gapi.iframes.getContext) { gapi.iframes.getContext().openChild({ url: 'https://www.blogger.com/navbar/18851187?origin\x3dhttp://andocallejeando.blogspot.com', where: document.getElementById("navbar-iframe-container"), id: "navbar-iframe" }); } }); </script>
Cuentos de andar por ahí

Sueña que eso rejuvenece... 

enero 16, 2007

6:21 p. m. - Mexico

En lo que me parece se me está convirtiendo en una tradición post-paseo, aquí está una crónica de mi paseo por tierras aztecas y zapotecas. Yo tenía muchas ganas de conocer México desde hace rato, y desde que llegué por estos lados y las ventajas geográficas para el viaje al sur de la frontera se hicieron evidentes, supe que de aquí no me iba sin haber ido allá. Y así fue. Escribo esto intentando una vez más que no se me pierdan algunas sensaciones, recuerdos e impresiones; por ahí derecho asumo que a ustedes les gustaría conocerlas! Sin embargo, esta vez lo escribo para que de alguna forma remplace los cuentos que no podré echar en persona “en mi casa” ya que de México regresé a la sucursal en Austin, y ya no a la central en Bogotá. Supongo que esa fue otra diferencia importante de este periplo. Cambia, todo cambia…

A México me fui por tierra, y en bus: 20 horas de ida y 20 de regreso. La tan mentada frontera está a escasas 5 horas de mi casa, así que las otras 15 se me fueron cruzando tierras mexicanas. Aunque sin duda habría sido más cómodo irse en avión, las consideraciones presupuestales pudieron más, en particular cuando Julio y Carolina mencionaron que tal vez en Oaxaca habría donde y con quien quedarse un par de días. La ida a Oaxaca era posible sólo si me iba en bus, ya que la diferencia entre estos tiquetes y los de avión era más o menos lo que costaba bajar a Oaxaca desde Ciudad de México (el DF). Con esa idea en la cabeza y después de averiguar con nativos si viajar en bus era tan peligroso como decían (claro que no!), me decidí por el viaje largo, consolándome con mi juventud, la idea de conocer la frontera y la certeza de que no podía ser peor que viajar en flota en Colombia—que para mí está muy bien.

El museo nacional de antropologia e historia 2La única recomendación categórica que se me hizo fue que por ningún motivo viajase en buses gringos (Greyhound) pues son incómodos y maluquisimos. Me fui y me vine con Autobuses Americanos, una compañía mexicana que como otras tantas se dedica a transportar a mexicanos a ambos lados de la frontera. Como era de esperarse, el 98% de mis compañeros de viaje eran mexicanos o chicanos (mexicano-americanos) en camino a visitar a sus familias y a pasar las fiestas en sus lugares de origen. Así que desde que me monté en el bus lo único que oí fue español con acento mexicano, que ya de por sí oigo casi todos los días pues a este estado lo mueven los inmigrantes y están por todos lados. A las 8 pm salimos de Austin, y a la 1 am cruzamos la frontera en Laredo. De noche no es mucho lo que se ve, y pasamos el puente sobre el Río Grande casi sin sentirlo; un guardia perdido y con ganas de perderse nos reviso a medias los pasaportes y entramos sin mayores ceremonias a México. En ese punto el chofer sacó a relucir las credenciales y nos jaló derecho hasta algún comedero cerca de San Luís Potosí donde paramos muertos de hambre a las 12 m del día siguiente.

En “El Güero” nos estafaron, como a buenos turistas. (“Nos” pues el viaje de ida a México lo hice en compañía de Álvaro, un amigo chileno de la U) Hicimos la primiparada e inocentes pagamos sólo por el plato fuerte lo que ni siquiera pagaríamos en el DF por la comida completa en un restaurante decente. Ni modos. Ese fue nuestro primer encuentro con el aspecto menos halagador de un país acostumbrado a lidiar con turistas gringos y europeos con mayor poder adquisitivo: si te ven la cara, tiran a matar sin pena. Yo sé que esa es una práctica común con los turistas en todas partes, pero tuve la sensación de que aquí pelan el cobre. La sacada de provecho la combinan con una adulación enfermiza al turista típico gringo/europeo: los tratan con una deferencia exagerada, tan forzada que a veces da hasta pena ajena. Con las mujeres se pasan, pues las güeritas –monitas- llaman mucho la atención. En todo casos si uno es turista, e incluso si habla español, puede que intenten cobrarle en dólares o sacar el mayor provecho. La costumbre me costó varias rabias al comprar cosas en la calle. Con “El Güero” la rabia fue en retrospectiva, pues en ese momento yo pagué tranquila, aunque levemente sospechosa, lo que me dijeron. Cuando después en Teotihuacan sentí que lo mismo iba a pasar, el vendedor se ganó un vaciadón horrendo.

A Ciudad de México llegamos hacia el final de la tarde, cansados pero completos y contentos. Una hora entera nos tomó entrar hasta la Terminal del Norte, que está bien al norte de la ciudad. Ya desde San Luís Potosí, mientras miraba por la ventana del bus tuve la sensación de estar en casa: los colores, el desorden, las casitas pequeñas, los pueblitos, los carros, la gente, todo me era familiar. ¡Más rico! La sensación se hizo más fuerte al llegar a la capital, que se me pareció mucho a Bogotá, aunque con algunas diferencias importantes. Primero, obviamente, el tamaño. Con 20 millones de habitantes, todo es exponencialmente más grande allí, empezando por el gentío, pasando por los vendedores ambulantes hasta llegar a la cantidad de carros. Y allí la segunda diferencia importante: toda esa cantidad de conductores son realmente unas bestias al volante. Cero cultura ciudadana. Las cebras no existen en el DF, los peatones cruzan por cualquier parte hasta en las avenidas grandes, es realmente una locura.

De otro lado, está claro que México era y es un país más rico que Colombia, lo cual es evidente en los monumentos de la ciudad, en los barrios ricos, en la gente. Esa riqueza contrasta fuertemente con la pobreza de la población de más bajos recursos, en su mayoría indígena. El abismo que separa los dos extremos del espectro es una cosa muy brava. Esa diferencia también se siente en Bogotá, claro, pero yo creo que los ricos mexicanos son más ricos. O, como me explicó mi papá hace algunos años cuando yo volví a mi casa de un congreso estudiantil asombrada por las cámaras, los aparatos y la cantidad de plata que traían los mexicanos: “Sandra, es un país con mucho más poder adquisitivo”. (A mi eso nunca se me había ocurrido.) Entrando al DF, los barrios pobres y los de invasión son iguales a los barrios pobres y de invasión en Bogotá, con casas que se construyen de a poco, cada piso para arriba más grande que el de abajo buscando ganarle espacio a la ya pequeña calle. La única diferencia es que si en Bogotá las montañas se ven rojas y naranjas de tanto ladrillo y bloque de ese color, en el DF el tono es gris. Así que son calles y calles de gris, gris, gris.

Al día siguiente lo primero que hice camino hacia el centro fue comprarme una porción de papaya en cualquiera de los enemil puestos de frutas y jugos frescos que hay por la calle. En México la fruta, como todo, se come con chile, así que mi papaya (la primera que me comía en meses!) estaba llenita de chile y limón. Para que, pero sabe rico. Yo llevo ya un rato con el propósito de aprender a comer picante, así que aproveché estos días para probar de todo. No me fue mal. En realidad, hay que decir que mi estomago se portó muy bien, cosa admirable dada la cantidad de cosas que me comí. No sólo me desquité comiendo frutas y verduras y tomando jugos, aguas y licuados donde pudiera, sino que probé de todo y casi todo me gustó. Hasta corazón de toro me tocó. Increíble, pero cierto.

Lo de la gastronomía mexicana es realmente especial. Entre los restaurantes mexicanos de Bogotá y los de TexMex en Austin mal que bien conocía el repertorio básico; sin embargo la riqueza, la variedad, los sabores y los excesos de la comida en México me sorprendieron. Probé pozole, tacos, empanadas, enchiladas en mole, enchiladas en salsa verde, flautas, chilaquiles, gorditas, tlayudas, memellas, quesadillas rellenas de queso, rellenas de chicharron y requesón, rellenas de huitlacoche, sopa de tortilla, esquites, atole, chocolate atole, caldo de mole, tamales… mejor dicho. Me comí un pastel de elote que resultó deliciosamente parecido a la famosísima torta de choclo de una de mis tías. Me piqué, pero me quedó gustando. Hasta un helado sabor a leche quemada me tocó, y me conquistaron los dulces de tamarindo con chile. Comí en puestitos de la calle, en restaurantes simpáticos, pero creo que lo que más me gustó fue comer en los mercados. Los mercados pequeños de los barrios son como plazas chiquitas donde se vende de todo, pero donde también hay varios puestos de comida y restaurantes que suelen ser muy concurridos, y deliciosos. Se come muy bien a buen precio y se come donde come la gente normal. Hacia el final del paseo me di cuenta de una cosa que me pareció maravillosa: llevaba 21 días sin cocinar. Bien fuera por la generosidad ajena o por andar probando cositas en la calle, una de las mejores cosas de mis vacaciones fue no tener que hacer yo nada de eso por unos días. Que maravilla.

También se come rico en las “cocinas económicas”, pequeños restaurantes de barrio que funcionan en las salas o parqueaderos de las casas. Allí se vende el almuerzo del día (la comida corrida, equivalente al corrientazo) junto con algunas variaciones de los platos básicos de la comida mexicana (enchiladas, entomatadas etc). Hay un par de mesas, pero es común que la comida sea para llevar, y es el cliente quien lleva los recipientes para cargar con las cositas. Funcionan sobretodo desde el mediodia hasta finales de la tarde; el almuerzo suele ser después de las 2pm, tirando hacia las 4. Claro, no se desayuna antes de las 10 am…y nada arranca antes de esas horas. Salir temprano no es necesariamente una buena idea.

Tuve buen tiempo y calma para explorar Ciudad de México a mis anchas. El primer día, derecho para el centro, a caminar por el Zócalo, a ver los murales en el Palacio Nacional y a conocer las ruinas del templo mayor. Todos los días me tomé por lo menos un jugo (de naranja, de mandarina, de fresa, de guanábana), obsesionada como estaba por intentar ponerme el día con los jugos no tomados y tan extrañados estos últimos meses. Cosa imposible, obviamente, pero no le hace: se intentó.

Después, a Teotihuacan. A sólo 45 minutos de Ciudad de México en bus, en estas ruinas conocimos las famosas pirámides del Sol y de la Luna. Sobra decir que el lugar lo deja a uno sin palabras. En general todas las ruinas que visité me causaron una profunda impresión: su tamaño, su belleza arquitectónica…son realmente imponentes. Desde el primer día en Teotihuacan me arrancó una bronca con el Instituto Nacional de Antropología e Historia, el ente encargado de esos monumentos, por la falta de señalización e información para el turista promedio. Supongo que debido a una combinación funesta de falta de recursos y desinterés, y no sé si por obligarlo a uno a contratar guía, la información es tan poca y tan pachuca, que uno queda con mil preguntas. No es ignorancia, pues si uno va al Museo de Antropología e Historia (manejado por la misma entidad!) allá hay suficiente para enloquecer a cualquiera y llenar miles de folletos y carteles informativos en todas las zonas arqueológicas. Y sin embargo en la mayoría de lugares uno tiene que conformarse con caminar, admirarse en silencio ante la belleza, tragarse las preguntas y saber con certeza que está en un lugar que fue (y debería ser) muy importante, pero vaya uno a saber bien por qué carajos!

Las dudas se me solucionaron, en parte, cuando visité el Museo Nacional de Antropología e Historia unos días después. Tremendo! Lindisimo, de marca mundial, lleno de objetos, datos y explicaciones ajustables al desprevenido, al estudiante, al curioso, al interesado y al intenso. El museo está en un edificio impresionante, construido para dejar boquiabierto a quien lo visite. Las entradas a las salas están llenas de citas e inscripciones de textos de poesía indígena a cual más de bonitos:

Toda luna, todo año
Todo día, todo viento
camina y pasa también.
También toda sangre llega
al lugar de su quietud. (del Chilam Balam)


Pero eso si: a la entrada, en letras bien grandes y claritas, la frase que complementa perfecto el sentido del museo, su arquitectura y su propósito original:

Valor y confianza ante el porvenir hallan los pueblos en la grandeza de su pasado.
Mexicano, contémplate en el espejo de esa grandeza.
Comprueba aquí, extranjero, la unidad del destino humano.
Pasan las civilizaciones, pero en los hombres quedará siempre la gloria de que otros hombres hayan luchado por eregirlas.

Jaime Torres Bidet

Y al fondo, grabado en piedra, el texto de un poema nahuatl:

Mientras exista el mundo, existirá la grandeza de México-Tenochtitlan.

Todo muy bien pensadito, de los 60s, cuando ese tipo de cosas eran prioridad de los gobiernos mexicanos. El museo conmueve (así sea inconscientemente) hasta al más desprevenido. Que rollo el de los mexicanos con ser mexicanos. Después de ellos y de su bandera, la pared.

Me caminé feliz varios museos: el de Arte Contemporáneo, el de Arte Moderno, la casa de Frida Kahlo, el estudio de Diego Rivera, el Palacio de Bellas Artes, el Colegio de San Ildefonso, la casa cultural Lamm y la casa de Trotsky. En general caminé mucho por la ciudad, y aproveché para ir a cine, algo que me gusta mucho pero que en Austin a veces se me complica por aquello de que no ando motorizada. Me quedé en casa de una amiga canadiense que vivé allí hace un par de años, y por suerte su apartamento es en un barrio muy central, la colonia Condesa, que además es un sitio muy chic-bohemio para vivir, lleno de restaurantes ricos y parques. Con ella y con Rolando, quien también vive en el DF desde hace un tiempito, caminé mucho, conociendo y buscando recovecos.

Las fiestas las pasé muy mexicanamente: el 24 en familia, con Verónica, una amiga de mi papá y el 31 en las calles del DF con mi amiga y un grupo de sus amigos. El 24 fue muy bonito e interesante pues Verónica tiene una familia grande que se junta para las fiestas a hacer bulla y a cumplir todas las tradiciones del caso: se cantan las Posadas, se reparten regalos, se revienta piñata, se quema pólvora y cada uno come por veinte. El menú, me explicaron, era el tradicional chilango (del DF): bacalao, consomé de pescado y romeritos (papa en salsa de mole y romero). Como era de esperarse, estaba para chuparse los dedos y bien picante. Sobreviví.

Con ellos también fui a Xochimilco, la zona de Ciudad de México donde todavía existen algunos canales que se asemejan a como era toda la ciudad cuando llegaron los españolotes. Los canales están llenos de barcos decorados de todos los colores, trajineras, las cuales se alquilan para paseos de más o menos dos horas por los vericuetos de las chinampas. Como íbamos en plan familiar de picnic, almorzar en la trajinera, no fuimos al canal turístico que está lleno de mariachis y el triple de barcos, sino a uno más calmadito. Sin duda lo más bonito es el colorido de las embarcaciones, y el atardecer tranquilo en los barquitos.

Después de recibir el año nuevo en las calles del DF, el 1ero en la noche me monté en un bus rumbo al sur, hacia Oaxaca de Juárez, la capital del estado de Oaxaca. Allí me quedé unos días en casa de Arturo, amigo de Carolina y Julio. Desde Noviembre del año pasado la movida ha estado dura en Oaxaca por cuenta de un conflicto entre el sindicatos de profesores, otros sectores organizados de la ciudad y el gobernador, Úlises Ruiz. El año pasado hubo largas jornadas de protestas que incluyeron tomas de las estaciones locales de radio y televisión, de edificios públicos, marchas y movilizaciones que fueron violentamente reprimidas por el gobierno. La gente exige que el gobernador se vaya, y el gobernador no tiene intenciones de irse para ningún lado. Ambos bandos representan lo peor y lo mejor de la política mexicana, que es un verdadero circo: corrupción, desviación de recursos, tremenda capacidad de movilización, tráfico de influencias…mejor dicho. Lo de México lo aterra hasta a uno, acostumbrado a cosas raras. Al coctelito agréguele que Oaxaca es un estado pobre, con alta población indígena, controlado 100% por el PRI.

Pero, Oaxaca también es una de las zonas más turísticas de México. Tiene muchas ruinas arqueológicas, mucha riqueza cultural, y una fuerte tradición artesanal. La capital del estado sirve como punto de partida para circuitos turísticos hacia toda la región. Sobra decir que con todo lo sucedido, el turismo se fue para el piso. Dicen que en un año normal debía haberme encontrado con una ciudad llena hasta el tope de gringos y europeos. Aunque los había, realmente se sentía el bajón. Eso si: la ciudad estaba recién pintada, de todos los colores, bellísima. Como sí allí no hubiera pasado nada. Arturo me contó que el gobierno se había gastado en pintura en el último mes lo que no habían invertido en diez años.

Parece como si cada pueblito de los valles centrales de Oaxaca tuviera sus propias ruinas, así que hay muchas cosas por hacer. Entre eso y las artesanías, especialmente los textiles, tuve más que suficiente. Al día siguiente de mi llegada salí para Monte Alban, el complejo de ruinas más importantes de la zona. Una ciudadela completa, capital de los zapotecas, ubicada en la punta de una montaña, muy bien conservada y muy bonita. Ese día me fui temprano, para aprovechar la mañana, y al regresar encontré a la sra de la casa (Carmela, la mamá de Arturo) muy preocupada por que me había ido sin desayunar, sola, y por que eran las 5 y yo no regresaba. El rollo es que si uno se queda a desayunar, son las 11 y no ha hecho nada: y yo soy una obsesiva madrugadora y mañanera. Pero claro, cómo le explica uno eso a una mamá sobreprotectora. Me consintió mucho, y me sobrealimentó Doña Carmela durante mi visita. Un día de desayuno preparó pancita (menudo) y corazón de toro en salsa de jitomate y orégano. Ya se imaginarán lo que se me pasó por la cabeza y por la barriga, yo que soy una floja para todos esos manjares: casi me muero. Con la pancita no fui capaz, pero tampoco fui capaz de negarme a todo. De los dos males escogí el menor, y es por eso que de la lista de cosas por probar en esta vida ya taché el corazón de toro. Espero no tener que repetir.

Otro día, me fui para Mitla, un pueblito cercano. En Mitla, distintas zonas de las ruinas han quedado enclavadas en el pueblo. La iglesia fue construida sobre los basamentos del templo zapoteca, y con los materiales del mismo. Es una cosa rara esa iglesia, sobrecogedora: templo zapoteca hasta la barriga, e iglesia cristiana de ahí para arriba. Me hizo pensar mucho en la mezquita-catedral en Córdoba, España, otro híbrido resultado de la imposición de la iglesia católica sobre las bases de la mezquita musulmana. Aunque descuidadas, las de Mitla son unas ruinas muy hermosas, con unos frisos geométricos muy lindos. Otros pedazos del antiguo poblado indígena están enclavados en la mitad del pueblo, cual parque público al que nadie mira.

Los días en la casa de Arturo fueron muy tranquilos e interesantes pues fue rico volver a estar “en familia” (pero poder moverme sola) y también conocer algo de la vida en una ciudad pequeña. Arturo es sociólogo y habla hasta por los codos, así que fue interesante escucharle los cuentos y las explicaciones sobre lo divino y lo humano, la cultura mexicana, su familia, el conflicto en Oaxaca, los estudios y la política nacional. Laura, su hermana, y él me mostraron todas las noches algún chuzo callejero (en el mejor sentido de la palabra) de comida típica oaxaqueña: tlayudas, empanadas, buñuelos, nieves. Mi último día en Oaxaca prometí no escabullirme temprano, desayunar como dios manda, y acompañar a mamá e hija al mercado del barrio. Después nos fuimos en el carro de Arturo a una visita rápida a otros dos pueblitos de los alrededores, jurando estar de vuelta en casa a tiempo para comer.

Primero fuimos hasta Culiapam de Guerrero, a conocer el convento de Santiago Apóstol. Este convento fue abandonado a principios del siglo XX. La Iglesia está sin techo, pero la estructura general se mantiene, así como algunos detalles de la piedra, la capilla, el baptisterio y los adornos de las columnas. Es un lugar muy bonito, cerca al pueblo pero sin estar espichado por otras construcciones; muy tranquilo. Nos sorprendió encontrar al lado de la iglesia una nuevísima y moderna batería de baños subterránea, fuera de lugar en medio de tanto abandono y en un pueblito pequeño en la mitad de la nada. Al entrar al convento adjunto, le preguntamos al funcionario de la taquilla sobre la batería, y nos explicó que ésta había sido construida hacía poco para el matrimonio campestre de la hija del exgobernador de Oaxaca, que se había celebrado allí. Me imagino que la recepción fue muy bonita, pues el sitio es de sueño para una boda campestre. Pero no sabe uno si reírse o llorar. Ahí quedó la moderna batería de baños, inservible después de la fiesta, al lado del convento que necesita restauración, y de la iglesia en ruinas.

En la tarde fuimos a Zaachila, a treinta minutos de Culiapam. Ni Laura ni Arturo conocían estas ruinas, las cuales, al igual que las de Mitla, quedaron atrapadas en la mitad del pueblo. En Zaachila sólo están abiertas al público dos tumbas subterráneas, pero a simple vista se observan alrededor de las entradas montículos que corresponden a ruinas sin explorar. Las dos tumbas, aunque están desocupadas, son bellísimas. Son tan lindas, que uno alcanza a imaginarse que lo que está alrededor, por encima y por debajo, debe ser bellísimo también. Sin embargo, nos contó el señor de la taquilla que el pueblo se opone a posteriores excavaciones, pues cuando excavaron estas tumbas saquearon todo lo que allí había. A mi no me quedó claro si por saquear entendían que se perdieron en el mercado negro o que terminaron en las bodegas del gobierno en Ciudad de México o en algún museo; intuyo que por saqueo se entiende una combinación de las dos. En todo caso, en Zaachila no dejarán mover una sola piedra hasta tanto el gobierno no les garantice que devolverán las piezas que se llevaron, y que se construirá un museo para albergarlas, junto con el resto de los objetos que salgan de las excavaciones. Parece que ese en tira y afloje muy bravo entre el Instituto Nacional de Antropología e Historia y los municipios, incluso tras la promulgación de una ley que devolvió muchas de las piezas a las regiones y dejó en el Museo Nacional en México sólo las réplicas. Como no hay recursos, no hay garantías; menos en los años recientes en que el presupuesto para la investigación arqueológica es cada vez menor. En las montañas se ven muchos montículos, y parece que en los valles interiores más remotos todavía hay miles de cosas por explorar. El gobierno pierde tiempo, los municipios pierden tiempo (con o sin razón), pero los que no pierden una son los guaqueros.

Una de las cosas que más me gustó de Oaxaca fue el Museo de Arte Prehispánico. El pintor Rufino Tamayo donó al municipio su casa y su colección de piezas prehispánicas para montar un museo de arte que es realmente maravilloso. El museo exhibe las piezas con una explicación muy general de la cultura a la cual corresponden y la época en que fueron producidas, pero no se detiene en rollos de para que servían ni que representan. Están ahí para que uno las admire como obras de arte. Aunque venía quejándome de la falta de explicaciones (y todavía me quejo!) esta me pareció una propuesta con mucho sentido. El museo, aunque pequeño, está muy bien hecho. El cambio de perspectiva me puso a ver cosas que no había visto por andar pensando en para qué servían, cómo se usaban o que querían decir. Lo disfruté mucho.

Xochimilco La noche del Viernes 5 de Enero viajé de regreso a Ciudad de México. Sábado y Domingo anduve con Rolando a paso tranquilo viendo un par de cosas que se me habían quedado pendientes: la casa de Trotsky y el campus de la UNAM. El Domingo a empacar maleta y con calma, a desayunar a todo taco en un restaurante de la plaza de mercado. A las 6 de la tarde me monté en el bus de regreso, lleno de familias con grandes maletas y abuelitas mexicanas viajando de regreso con sus nietos gringuitos. Iba con mucha pereza pues Álvaro, que había regresado antes, hizo fila por seis horas para cruzar la frontera en Laredo. De buenas, entramos a EU en sólo 45 minutos y sin mayores enredos de inmigración. El conductor estaba feliz, pues hacía sólo un par de días (cuando mataron a Saddam Hussein) él había estado en fila por 18 horas para cruzar; el tiempo les alcanzó para jugar partidos de futbol inter-buses, hacer asados, en fin. Entré a gringolandia y pronto estuve de regreso al orden y a los baños públicos con papel y jabón. La primera parada fue un limpio Burger King: guacalas. ¿Quien quiere comer ahí?

En Estados Unidos la gente tendía a asumir que en mis vacaciones iría a Bogotá. Varias veces tuve que explicar que aunque ganas no me faltaban, volar a Colombia era muy costoso. Entonces que vas a hacer? “Me voy para México, por que aquí sola no me quedo ni loca. Y me voy en bus.” Y entonces muchos empezaban: “El DF es una ciudad muy peligrosa, horrible, tienes que tener cuidado. Pero como te vas a ir en bus! Y sola! Cuidado con los mexicanos. A Oaxaca? Pero con todas las cosas que han pasado allá los últimos meses!” Supongo que por todas esas razones fue que la pasé tan rico. Realmente regresé feliz como una lombriz de México. Me sentí como en casa, y creo que a mi corazón le sentó muy bien el desorden, el cariño de la gente, ver amigos viejos y conocer nuevos, la comida rica y el ambiente familiar. Me fui con ganas de volver.

[Todas las fotos andan en mi flickr.]

| Link Permanente

Esto anda en Blogger a partir de un template de Blogger Templates modificado por sandrusca.


Creative Commons License
Los contenidos de este blog estan bajo una licencia de Creative Commons.