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Cuentos de andar por ahí

Sueña que eso rejuvenece... 

noviembre 13, 2005

10:55 a. m. - Buenos Aires

Hace unos meses me gané un concurso que no esperaba ganarme: un fin de semana en Buenos Aires. La experiencia fue bonita por varias razones. Me divertí mucho escribiendo el texto original del cual salió la crónica ganadora, y la carambola de que ese largo mail me hubiera permitido regresar a Buenos Aires cuando no estaba entre los planes cercanos fue, por decir lo menos, mágica. Ha sido muy rico escuchar los comentarios de la gente sobre ese texto que escribí y ha sido muy enriquecedor leer ese texto después y ver ese viaje y mis impresiones plasmadas ahí. No se las ha llevado el tiempo ni el viento. Eso me hace pensar: yo soy mala para los diarios de viaje; para los diarios en general. Se me olvidan las cosas, los datos específicos después de un tiempo, y tiendo a recordar borroso, los cuentos a grandes rasgos, la impresión general. Hay cosas que hice, o que intuyo que hice, y hoy se me escapan.
Algunos de mis últimos viajes he tenido la suerte de hacerlos con alguien que anda libreta en mano, y anota las cosas bonitas y las malas, las direcciones y las pistas, para poder deshacer pasos después, regresar, recomendar. Eso me hizo pensar que ahora que el premio del viaje se hizo realidad, quería intentar de nuevo escribir mi crónica de viaje. Escribir. Guardarla, ponerle fotos y compartirla.

Aquí está lo que me pasó en Buenos Aires, el pasado fin de semana del 4 al 8 de Noviembre de 2005. Un año y pico después del viaje que lo hizo posible.


Amanecer en un aeropuerto tras un viaje largo y trasnochador es una cosa maluca, maluca. La madrugada del 5 de Noviembre nos cogió a Lucy y a mi (bautizadas al salir de Bogotá como "las hermanitas callejeras") en el Aeropuerto Internacional de Buenos Aires, lloviendo, sin haber dormido, ni desayunado y sin hotel. Pese a que el premio incluía estadía en el Sofitel Buenos Aires, un descuido del encargado de Sofitel en Bogotá embolató las reservas cuando ya los tiquetes de avión habían sido expedidos. Ante la posibilidad de perderlos, pues la fecha no se podía cambiar, nos fuimos sin hotel cinco estrellas y en busca de un hostal.

Tras un par de llamadas a distintos hostales de la ciudad la cosa no prometía: todos estaban ocupados. Después de sufrirla un rato, el Recoleta Hostel nos aseguró dos camitas para esa noche, y sólo restaba decidir como llegar hasta allá. El Aeropuerto queda en una población vecina de Bs As y el trayecto en taxi es de 45 minutos hasta el centro de la ciudad y cuesta $45 pesos argentinos. La opción B (o la A, depende de la perspectiva) es el colectivo (bus) que demora, según la guía, una hora y media y cuesta $1.80 La C es el bus "Manuel Tienda León" operado por una compañía turística y que demora 1 hora a $19. El animo ahorrativo y la hora (6:30 am) nos hicieron pensar que mejor sería irnos en el colectivo e igual dormir el camino.

Creo que es uno de los trayectos en bus que más largos he sentido. Dos horas y media le tomó al colectivo 86 llevarnos del Aeropuerto Ezeiza a la esquina de Santa Fé con Avenida 9 de Julio. Dos horas y media en que vimos pasar a Buenos Aires, en todo su tamaño y su diversidad, frente a nuestros dormidos ojos. El bus arrancó con nosotras (únicas turistas) y trabajadores del aeropuerto; a medida que avanzaba, se llenaba y vaciaba, como cualquier bus en hora pico. Lo que cambiaba a medida que el bus se adentraba en la capital federal era el tipo de sus ocupantes, como cambian las caras y los colores entre la provincia argentina y la capital: de los marrones, mestizos y cafés a los monos, blancos, ojiclaros, mestizos claritos. Es una diferencia bien notoria, de la cual ya habíamos tomado nota en una oportunidad anterior en que pudimos viajar por algunas esquinitas de ese país.

En todo caso, la etnografía la hacíamos entre cabeceada y cabeceada. Pronto hubo que sacar el mapa e intentar descifrar por donde y para donde ibamos. A tumbos y a punto de aguacero llegamos al hotel. Eran las 9:30 am y el avión había aterrizado a las 3 am. Sobra decir, caímos como piedras hasta mediodia.

Lo mejor del hotel fue descubrir que estabamos a tres cuadras de El Cuartito. Comer de nuevo en esta pizzeria era un sueño recurrente entre el grupo de amigos que la conocimos hace dos años, gracias a una recomendación de Andrea, quien a su vez había llegado allá llevada por una propia (léase porteña). La fugazzeta (mezcla maravillosa de queso mozzarella, aceite de oliva y cebolla) es, sin duda alguna, la mejor pizza que yo me he comido en mi vida. Ese fue el almuerzo del Viernes. Un mesero sabio (y con pinta de Gardel, valga el cliché) nos atajó el desmedido entusiasmo y sugirio que compartieramos una pizza chica y pidieramos una tajada extra, a cambio de la pizza individual que cada una quería pedir. Al final, ni con la compartida pudimos, pero nos la comimos felices.

A las 5:30 pm teníamos una cita muy importante: la marcha anti-bush con motivo de la IV Cumbre de las Américas a celebrarse en Mar del Plata. Hay que decir la verdad: ni Lucy ni yo habíamos caído en cuenta que coincidiriamos en Argentina con tan magno evento. Si no es por Gisela quien el Miercoles tuvo a bien "recordarnos el detallito" y encargarse de ponernos en contacto con un amigo en Bs As , seguramente nos habríamos topado con la movilización de narices. El amigo en cuestión fue Mario, quien nos esperaba en la la esquina de Callao con Corrientes y fue nuestro guía durante las fascinantes cuatro horas siguientes.

La primera sorpresa para nosotras era la hora. En Bogotá, las marchas arrancan, generalmente, hacia las 10 u 11 am. La cita en Buenos Aires era a las 6pm, lo cual permite que la gente salga del estudio o del trabajo y asista, si así lo decide, con mayor facilidad. Claro, sobra aclarar que por esta época no oscurece antes de las 8pm por esos lares, así que hay tiempo y luz solar suficientes hacia final de la tarde para hacer y deshacer. La esquina donde habíamos quedado con Mario, todavía a cuatro cuadras del punto de arranque de la marcha (la plaza del Congreso) era un hervidero. Tambores, pancartas, gente, música. Gente. Gente. Gente. Mucha gente. Nos encontramos, nos reconocimos, y nos dirigimos juntos hacia la plaza.


La segunda sorpresa, evidente desde que nos acercabamos a la zona cero, era la cantidad de gente, pero sobretodo la cantidad de estudiantes. Tan diferente a Bogotá, donde la gente joven que marcha en este tipo de ocasiones pertenece, generalmente, a sectores muy específicos: universidad pública y militantes de partidos de izquierda. No son la mayoría de la marcha casi nunca. En Buenos Aires había de todo, en cantidades industriales. Aunque la movilización grande estaba organizandose en Mar del Plata, miles salieron a la calle el Viernes en la capital para protestar. La consigna era sencilla: si viene (Bush) yo paro. Mario nos explicó el orden de la marcha, el cual, si mal no recuerdo, era el siguiente: primero marchan las organizaciones sociales de trayectoria y peso, como Las Madres de la Plaza de Mayo. Después los estudiantes, universitarios y secundarios, y sus profesores. [Si marchan el decano y la plana mayor, por ejemplo, se considera que la cosa estuvo bien organizada y que era "en serio".] Finalmente, los partidos y movimientos de izquierda, que son numerosos; algunos de peso, otros no tanto. Marchan también los piqueteros, y los que se hacen pasar como tales, algunos encapuchados. Hay de donde hacer caldo en todo caso.

Me cuesta trabajo plasmar en palabras lo que flotaba en el aire y las cosas que sentí. La marcha era movimiento, en el mejor y más amplio sentido de la palabra. La tarde era hermosa, la gente iba tranquila (hasta cierto punto), había mucho tambor y baile, pero sobretodo mucho propósito. Hay algo mágico en los ríos de gente en momentos así. Es divertido, emocionante y comprometedor si uno está marchando también.


La ruta era la siguiente: desde la Plaza del Congreso, donde se ubica el poder legislativo, se recorren unas 10 cuadras por la Avenida de Mayo hasta la Plaza de Mayo donde está la Casa Rosada, sede del Poder Ejecutivo. Nosotros avanzamos, a veces por el medio, a veces al lado del río, para poder ver a la gente, las pancartas, los distintos grupos. Marchar ese Viernes en Buenos Aires fue fascinante por varias razones. Para alguien que viene de un país (y de una universidad en particular) donde ese tipo de manifestaciones están cada vez más restringidas y tienen cargas simbólicas negativas, es muy sorprendente encontrarse con una movilización con un tono y una composición tan diferentes. Y sin embargo, a lo de aquí y a lo de allá subyace una misma corriente y en el río de gente a cada rato veía saltar corchos que me recordaban mi esquinita al norte del sur.

Como en cualquier marcha de este corte que se respete, por ahí andaban los tíos sam y las banderas de EU de papel para quemar. Parece que tanto en Bogotá, como en Buenos Aires, a los policías les gusta apostarse justo en frente del McDonalds durante las marchas anti-imperialistas.
2+2=4 aquí y allá.
Policías + McDonalds = petos y cánticos contra "los tombos".

En Argentina, los policías responden al cariñoso apelativo de "botones". Al llegar al McDonalds, la marcha se detiene y encupuchados y no encapuchados comienzan a saltar mientras gritan: el que no salta es un botón, botón, botón... Y claro, vuela un peto. Suben los escudos de acrílico protectores. Se oyen gritos y hay que alejarse un poco. O como Lucy, esconderse detrás de un carro y tomar fotos! Mi intrépida amiga debe tener instantáneas muy buenas de ese momento. ;-)

Nótese que, hay una gran diferencia entre los tombos y los botones: su atuendo y accesorios. Las marchas en Bogotá son "acompañadas" por el ESMAD (Escuadron Antimotines) cuyos miembros lucen uniformes, y accesorios, dignos de la película Robocop. Los usan además. Los botones bonaerenses estaban todos como en la foto de la izquierda: en mangas de camisa, sin ningún otro protector más allá del casco y el escudo acrílico. Se ubicaban en pequeños y pocos grupos de más o menos 8 en distintos puntos del recorrido. Y ya.



Me llamó mucho la atención la gráfica que acompañaba y anunciaba la marcha. El centro de la ciudad estaba empapelado de carteles de diverso tipo: desde afiches impresos en policromía o el blanco y negro de "Si viene, yo paro" hasta carteles artesanales o a dos tintas hechos en screen. Sucede también que la gente va haciendo stencil y graffitis mientras la marcha avanza y pueden hacerlo sin que se los impida la policía. Lo hacen además hombres y mujeres sin encapucharse. Se toman las paredes y las rejas mientras marchan, sin esconderse.


Caminamos durante dos horas. Nuestras cámaras obturaron sin parar. Las marchas no son para todo el mundo, pero sin duda nosotras eramos peces felices en esa agua. Son emoción y movimiento, pero suele llegar un momento en que se calienta la cosa y se vuelven otro tipo de movimiento. Al llegar a la Plaza de Mayo, buscamos a los amigos de Mario y charlamos un buen rato mientras oscurecía y se iba dispersando la gente. Alrededor de las 8 o 9 nos fuimos a tomar algo. Nosotros que salimos, y el quilombo que se arma entre la policía y la gente de algunos grupos. Eso lo supimos después, por las noticias. La marcha terminó para nosotros en tranquilidad.

Este no fue un viaje de turismo, en el sentido de que las dos conocíamos ya Buenos Aires, así que teníamos una idea clara de cosas que queríamos repetir, pero no teníamos intenciones de hacer el circuito turístico. Por lo demás, ibamos con un "proyecto de negocio" en la cabeza, así que una parte del tiempo se fue en ir a adquirir "los productos" para tal empresa. ;-) Había un par de amigos a quienes queríamos ver y algunas cosas que queríamos buscar. Es mucho para cuatro días. Con tan poco tiempo disponible, optamos por no correr. Decidimos tomarla con calma y hacer lo que se pudiera; gozar sin afán.

Nuestra lista de lugares por repetir incluía tres cosas impajaritables:
1. Pizza en El Cuartito (Talcahuano 937 para todos los interesados)
2. Parilla en El Baqueano. Carne, carne, carne.
3. Ir a escuchar tangos a lo de Roberto, un pequeño boliche que conocimos hace dos años y donde fuimos muy, muy felices.

Lo primero fue posible. Lo segundo y tercero, tristemente, no. El Sábado intentamos ambas cosas infructuosamente en compañía de Jairo, amigo colombiano que está estudiando con demasiado juicio por allá. Llegamos a El Baqueano para almorzar, y estaba cerrado. Clausurado. Ya no existía. Recuperadas del golpe, en parte por una rica parrilla en un boliche de barrio a donde nos llevó nuestro compatriota, emprendimos la búsqueda de las cosas "pa'l negocio". Con paciencia infinita, Jairo nos acompañó en nuestra busqueda de algunos encargos, chécheres y artilugios diversos. Repetimos Cuartito esa noche, pero a dos cuadras de llegar a lo de Roberto (después de una larga caminada) nos encontramos con dos locales que nos soltaron la dura noticia: cerrado los Sábados. El desinfle fue mayúsculo.

Jairo propuso que al día siguiente nos fueramos en tren temprano hacia La Plata. La idea era dar un pequeño vuelto por la ciudad, pero sobretodo aprovechar el trayecto en tren para ver algo de Buenos Aires más allá de la ciudad como tal, del centro. Conocer los distintos barrios populares que se han ido formando alrededor del distrito federal con las migraciones de campesinos y gente de provincia desde los años 60 para aca. Otra historia son los conjuntos cerrados y barrios privados de clase media alta que se encuentran en dirección opuesta, hacia la salida a Tigre, los cuales también contemplamos visitar. Nos decidimos por el paseo hacia la Plata. En la estación de Constitución desayunamos y corrimos para montarnos en el tren. Calculábamos una hora yendo, un rato en la Plata, y estar de regreso para almorzar tarde en Buenos Aires y caminar el mercado de las Pulgas y algo del barrio de San Telmo.

Desafortunadamente no tengo fotos de esta parte del paseo. El tren hacia la Plata, y en general los trenes que prestan servicio hacia los barrios periféricos, dormitorios, de Buenos Aires son algo así como un bus lechero intermunicipal en Colombia: van llenos hasta el tope y no son necesariamente una ruta turística. La recomendación era no sacar la cámara para no dar papaya.

Con el tren sucedió como con el bus entrando a Buenos Aires, sólo que el proceso fue inverso. A medida que nos alejabamos del centro cambiaba el tipo de la gente que viajaba con nosotros, y cambiaban las calles y las casitas que veíamos pasar por las ventanas. Atrás quedó la ciudad europea, y pronto, la periferia se me empezaba a parecer cada vez más a los paisajes de otra ciudad, otros barrio períferico, casi de invasión, en Colombia, o en América Latina. Cambió el acento de la gente. Cambió su ropa, sus caras, el color de sus ojos. Se subieron las familias numerosas. Como es posible que tanto aquí como allá juguemos a que esa realidad no existe?

En algún punto del viaje, los nombres de las estaciones dejan de coincidir con el horario que llevaba Jairo en su mano. Pronto llegamos a una estación llamada Temperley, donde se nos anuncia que termina el recorrido. Y entonces, se confirman nuestras sospechas: nos montamos en el tren que no era. Decidimos aprovechar la coyuntura e ir a conocer el pueblo. El único que había oído algo de Temperley antes era Jairo por el equipo de fútbol de Temperley, que juega en la B de Argentina, pero había jugado en los 70s en la A. Con semejantes antecedentes, arrancamos a caminar. Estuvimos algo más de una hora en este pueblito tranquilo, de casas con corte europeo y jardín cada una. Muy elegante. Eso si, a unas 12 cuadras de la estación, la calle principal divide al pueblo, e intuimos que de haber cruzado al otro lado, el tipo de construcciones sería bien distinto. Resultó que había sido asentamiento inglés (u holandés, no recuerdo). Lucy y Jairo se charlaron al pastor de la iglesia protestante, quien intentó (infructuosamente) convertirlos, pero por lo menos nos dio algunos datos del lugar y confirmó el cuento de que habían jugado en la A en los 70s, dato que además le permitiría a Jairo ganar una apuesta. Nos montamos en el tren de regreso, y dedicamos la tarde a explorar los vericuetos de San Telmo. Queríamos probar una buena parrillada, asi que nos fuimos tras la recomendación de un taxista, a lo que resultó ser un lugar en extremo costoso, donde ni siquiera quisimos entrar. En la noche nos encontramos con un amigo para comer y terminamos botando corriente sobre el conflicto colombiano como hasta las 3am. Ariel tenía muchas preguntas sobre el zaperoco de este país, y se encontró con dos historiadoras que no es sino que les den cuerda y hablan hasta por los codos sobre el tema...


Y en esas ya fue Lunes. Ese día lo dedicamos a caminar y caminar y caminar en busca de trebejos diversos, incluída una visita a una academia de danza árabe. La movida de la danza es muy fuerte en Buenos Aires, y teníamos encargos y cositas que mirar sobre eso. Nos cogio la tarde para el almuerzo, así que cuando quisimos intentar (por última vez!!) comer caaarnee, ya era demasiado tarde (4pm) y nos dijeron que probablemente nos tocarían los recalentados de la parrilla. Definitivamente este no fue el paseo para deleitarnos con las delicias de la parrillada argentina. En otra ocasión será...

El paseo terminó donde empezó: con una pizza y un vino en El Cuartito. Hicimos cuentas en la mesa, contamos monedas y billetes y decidimos coger taxi al día siguiente al aeropuerto y salir a intentar conseguir unas botellas de Quilmes (cerveza) y vino para traer. En el despiste de la empacada de la maleta habíamos olvidado comprar vino, y a las 12 todas las licorerias estaban cerradas. Un kiosko nos solucionó el problema, aunque nos dolió pagar 15 pesos por un vino ahí, con lo cual habríamos comprado por lo menos dos en otras condiciones...pero bueno...

El viaje de regreso lo hicimos zombies. Buenos Aires es una ciudad que vive de noche. No se come antes de las 10 u 11, no se sale de rumba antes de la 1 y nada arranca antes de las 9 am. Habíamos estado madrugando (tipo 8 am) todos los días y acostándonos no antes de las 2. Yo creo que habíamos dormido un total de 12 horas en 3 noches, y en el viaje de regreso sentimos la falta de sueño con toda. A Bogotá llegamos cargadas y dormidas, pero contentas. Al día siguiente yo tenía la sensación de haber estado por fuera mucho tiempo, como en otra dimensión. Sé que fueron pocos días, y se me pasaron volando, pero tal vez lo atípico de un viaje lejos, tan corto, y la desconectada absoluta de la cotidianidad y la "realidad" me distorsionaron la percepción del tiempo. Me quedo con ganas de volver a Buenos Aires, pero también a Argentina. Haber coincidido con la marcha y patearse lo que sucedió en Buenos Aires esos días fue maravilloso. Confieso que me queda tirria con los de Sofitel por haberse pegoteado el alojamiento cinco estrellas, pero también pienso que no lo cambiaría por la oportunidad de haber visto, registrado y vivido esa movida. Como yo creo en ese cuento de que "otra América es posible" lo que ví me hizo pensar que todavía pueden pasar cosas. Que podemos hacer que sucedan. Ojalá.


Anonymous Anónimo escribió...

Reivindico la maternidad de suenhe que eso rejuvenece!!
Gracias por ayudarnos a rejuvenecer con tus suenhos!!  


Anonymous Anónimo escribió...

En Dortmund estuve hablando con un Frances; un tipo bacan, activista, sensato... Me cuenta que tiene novia chilena y que piensa ir por alla. Yo le digo, "que chevere dicen que Chile es hermoso, yo aun no lo he andado"... Y viene la perla: "Si, dicen que es más europeo que el resto de suramerica" (????) Me pregunto como hacer para encaramar en un tren semejante al que te montaste fuera de Baires, a todo visitante y a mas de la mitad de las almas propias de nuesta America?

Y bueno despues no faltara el tarado que crea que nos referimos a los gringitos que se secuestraron el nombre. Otra America es posible. Ojala fuera TODITA, de punta a punta porque cambiar solo los pedacitos igual nos deja pate'cumbia. Te quedo linda la cronica, pegajosa como la mermelada de al abuelita lola.  


Anonymous Anónimo escribió...

Genial, belleza y nostalgia en suspiros de bandoneón te acompañarán por siempre. Difícil será que olvides aquel Buen Ayre, soplo de verano porteño que dio vida a lo que nos compartes. Tal vez, jamás puedas despegarte por completo la sensación de volver tuya una ciudad inconmensurable, aquella que es reconocida por no pertenecerle ni a sus propios.  


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